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Daniel Escobar, delegado de Liturgia: «La Misa Crismal es la celebración más importante que tiene el obispo con el pueblo de Dios»

Martes Santo, 26 de marzo, a las 12h, se celebrará en la Catedral de la Almudena la Misa Crismal con la bendición de los Santos Óleos y la consagración del Crisma que después serán utilizados para administrar los sacramentos durante la Semana Santa. Asimismo, el presbiterio diocesano concelebrará y renovará sus promesas sacerdotales.

«En este Martes Santo – explica Daniel Escobardelegado episcopal de Liturgia – tiene lugar en la diócesis de Madrid la Misa Crismal y desde hace muchos años se hace en el Martes Santo, aunque es una celebración que está prevista para el Jueves Santo por la mañana, porque es el día en el que se instituyó el sacerdocio ministerial. Pero, para facilitar que los sacerdotes y el pueblo de Dios puedan acudir, en nuestra diócesis es más sencillo hacerlo el Martes Santo, ya que la gran afluencia es central».

«La Misa Crismal – recuerda – es probablemente la celebración más importante que tiene el obispo con el presbiterio y con el pueblo de Dios, porque en ella además se va a consagrar el Crisma y se van a bendecir los óleos. Las lecturas y las oraciones de esta celebración hacen constantemente referencia tanto al sacerdocio como a otro gran tema: la unción».

«El óleo – prosigue Daniel – va unido a la unciónJesucristo es el ungido de Dios. Escucharemos la lectura del profeta Isaías, del capítulo 61, donde dice que el Mesías es el ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres, para curar a los enfermos y para devolver la libertad a los cautivos. Un pasaje que se repetirá en cierta manera con el texto del Evangelio, en el que Jesús pronuncia el discurso en la sinagoga. Y, por otro lado, la segunda lectura, que es del Apocalipsis, se centra en el sacerdocio real de los fieles».

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La unción, signo de elección del Señor

El delegado episcopal de Liturgia recuerda que «el hecho de que la Iglesia utilice la unción, ya sea con el Santo Crisma, con el óleo de los catecúmenos, o con el óleo de los enfermos, que se consagrará y bendecirá en esa celebración, procede del Antiguo Testamento: los reyes y profetas eran ungidos. Eso es una marca, un signo de elección del Señor. Al mismo tiempo, es un signo de fortaleza. El aceite da fortaleza, da agilidad y da una protección también frente a los enemigos. Evidentemente, esa protección frente a los enemigos la hemos espiritualizado y en realidad se convierte en un signo de protección frente al mal, y también en un signo de consagración».

«De este modo – prosigue – tenemos que distinguir entre los tres óleos. En primer lugar, el Santo Crisma, que es un signo de consagración. Se unge con el Santo Crisma a los que reciben el sacramento del bautismo, en la cabeza; los que son sellados con la confirmación, marcados con el Espíritu Santo; también los que son ordenados presbíteros, en las manos, y los obispos en la cabeza. Y, luego, además también se unge con el Crisma el altar y la nueva iglesia cuando son dedicados. Todo ello hace referencia a un vínculo especial con Dios de las personas que son ungidas. En la Misa Crismal, el obispo, junto con el presbiterio, va a consagrar ese Crisma».

«Además – apunta Daniel – tenemos los óleos. El óleo de los catecúmenos se da a los niños o a los adultos que van a recibir el sacramento del bautismo, como una fuerza para prepararse, para unirse al Señor, y también para rechazar el pecado. Y, por otro lado, tenemos el óleo de los enfermos. En este sentido, la carta de Santiago propone ungir a los enfermos para liberarlos o aliviarlos en la enfermedad, tanto de cuerpo como de alma, y también para obtener el perdón de los pecados. Son los tres óleos que forman el núcleo más importante de esa celebración».

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Renovación de las promesas sacerdotales

Otro elemento que resalta, «característico de esa celebración», es el hecho de que, «junto con la consagración y la bendición de los óleos, también nosotros, los sacerdotes, hacemos la renovación de las promesas de nuestra ordenación. Ello no significa que exista una necesidad de renovar, como si las promesas caducaran, sino que es más bien un signo de comunión. La celebración más importante, o de las más importantes presididas por el obispo, también es un signo de comunión con Él y entre todo el presbiterio. Por eso, los sacerdotes renovamos nuestras promesas: en primer lugar, de unir y configurar con Cristo nuestra vida más profundamente y, en segundo lugar, la promesa de dispensar los misterios de Dios: la Eucaristía, los demás sacramentos, la predicación de la Palabra y todo aquello que los sacerdotes realizamos habitualmente».

«Para concluir esta renovación de las promesas, está la oración de los fieles, donde ya participa todo el pueblo santo de Dios, que va a orar particularmente por el obispo y por los presbíteros. En un momento dado, el obispo pide: “y ahora orad por vuestros presbíteros”. Y después escucharemos: “rezad también por mí”. Tanto el obispo como los presbíteros necesitamos también de la oración de todo el pueblo santo de Dios. Y esto también da un sentido muy fuerte de pertenencia a la Iglesia concreta a la que servimos. Es un momento particularmente intenso, por lo tanto, del ejercicio del sacerdocio, no solamente ministerial de los sacerdotes, sino del sacerdocio bautismal de los fieles, que oran y piden también por sus sacerdotes y por su obispo», finaliza.

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Infomadrid/ M.D.Gamazo

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